BIBLIA

LA PREEXISTENCIA DE JESÚS (8,31-59)
Esta gran unidad literaria constituye uno de los diálogos más importantes del cuarto evangelio. Consta de siete interlocuciones. El tema fundamental sigue siendo, como en toda la fiesta de los tabernáculos, el origen misterioso de Jesús. Jesús abre la conversación y él mismo la termina haciendo la revelación de su preexistencia eterna (v. 58). A través del diálogo, aparecen nuevas ideas que se entremezclan con otras ya conocidas o, al menos, insinuadas anteriormente.

1. Primera interlocución (vv. 31-33)
– Jesús:
31 Decía, pues, Jesús a los judíos que habían creído en él: “Si vosotros permanecéis en mi palabra, verdaderamente sois mis discípulos,
32 y conoceréis la verdad y la verdad os liberará”.
En los vv. 31 y 32 se percibe un claro trabajo redaccional. Jesús dirige su discurso a los judíos que habían creído en él; éstos eran “gentes del pueblo” (‘am-ha-árets), y no las autoridades. Pero, a partir del v. 33, el auditorio es de judíos que se oponen a Jesús y no han querido creer en él.

Para ser verdadero discípulo de Jesús no basta oír su palabra, sino que hay que permanecer en ella (6,56; 15,4.7). Sólo así se llegará al conocimiento vivo y experimental de la verdad.

“La verdad” es la revelación que Jesús trae al mundo: quién es Dios y cuál es su plan de salvación. Esta revelación es fuente de “libertad”. La libertad que aquí se proclama no es primeramente una libertad política o social, pues tanto “verdad” como “libertad” tienen aquí un valor religioso. La liberación total y absoluta que Jesús ofrece al mundo es trascendente y escatológica. La verdad libera, ante todo, del error. Jesús es la verdad, es el gran liberador. Los vv. 34-36 darán una orientación más directa: Jesús-verdad libera del pecado.

Ahora bien, a la liberación del pecado debe seguirle necesariamente una conducta de justicia, de equidad y de amor fraterno.

– Judíos:
33 Respondiéronle: “Somos descendencia de Abrahán, y de nadie hemos sido esclavos jamás. ¿Cómo tú dices: ‘Llegaréis a ser libres’?”.
Los judíos comprenden las palabras de Jesús en el plano de las realidades humanas, políticas o sociales. A pesar de las “esclavitudes políticas y sociales” en que han vivido (bajo los egipcios, asirios, babilonios, persas, griegos o romanos), los judíos se consideran “libres” por ser descendencia de Abrahán y de Sara, que fueron libres.

En el NT hay una fuerte corriente en contra de la idea de sentirse automáticamente “privilegiados, elegidos y santificados” por el hecho de proceder carnalmente de Abrahán (Mt 3,9; 8,11-12; Lc 3,8; Gál 3,16ss). Pablo llega incluso a afirmar que los judíos son los hijos de la esclava, dejando para los cristianos el privilegio de ser los hijos de Sara, la libre (Gál 4,21-31).

2. Segunda interlocución (vv. 34-39a)
– Jesús:
34 Respondióles Jesús: “En verdad, en verdad os digo: Todo el que comete pecado es esclavo.
35 Y el esclavo no permanece en la casa para siempre; el hijo permanece para siempre.
36 Si, pues, el Hijo os libera, en realidad seréis libres.
37 Sé que sois descendencia de Abrahán, pero buscáis matarme porque mi palabra no cabe en vosotros.
38 Lo que yo he visto en el Padre eso hablo, y vosotros, por vuestra parte, hacéis lo que oísteis de vuestro padre”.
Numerosos manuscritos presentan en el v. 34 una lectura larga: “El que comete pecado es esclavo del pecado”. Esta lectura puede estar influenciada por Rom 6,16.20; 2 Pe 2,19.

Pues bien, Jesús explica su pensamiento mediante un logion solemne: “En verdad, en verdad os digo: Todo el que comete pecado es esclavo”. Jesús habla de la esclavitud que produce el pecado. Y no es el esclavo, sino el hijo, quien permanece siempre en la casa paterna. Por tanto, para permanecer en la casa del padre –esto es, para dejar de ser esclavo y convertirse en hijo– hay que dejar de ser esclavo del pecado. Y es el Hijo justamente quien puede otorgar esa libertad. Si, pues, alguno escucha la palabra de Jesús y permanece en ella, será verdaderamente discípulo suyo, conocerá experimentalmente la verdad que es él mismo (14,6) y esa Verdad-Jesús le liberará del pecado y llegará entonces a ser libre en realidad y a ser hijo.

En cuanto a los judíos, son ciertamente descendencia de Abrahán, pero sólo por la carne. Para ser hijos de Abrahán espiritualmente tendrían que recibir la palabra de Jesús, quien habla de lo que ha visto en el Padre. Pero están tan lejos de esto que quieren darle muerte (5,18; 7,19.25). Esto significa que oyen y siguen los consejos de otro padre. A esta insinuación de Jesús, los judíos responden gloriándose de su filiación respecto del patriarca Abrahán:

– Judíos:
39a Respondieron y le dijeron: “¡Nuestro padre es Abrahán!”.
Los judíos no entienden la distinción que ha hecho Jesús ni aceptan la posibilidad de ser hijos de otro padre, y mantienen su palabra: “¡Nuestro padre es Abrahán!”.

3. Tercera interlocución (vv. 39b-41)
– Jesús:
39b Díceles Jesús: “Si sois hijos de Abrahán, haced las obras de Abrahán.
39 Ahora bien, buscáis matarme a mí, un hombre que os he hablado la verdad que oí de Dios. Abrahán no hizo esto.
41 aVosotros hacéis las obras de vuestro padre”.
Dos personajes entran en juego: Abrahán y Jesús. Éste insiste: “Si sois hijos de Abrahán, haced las obras de Abrahán”. Él creyó (Gn 15,6); creed también vosotros. Pero, en lugar de creer en la verdad que he oído de Dios, queréis matarme. Eso no lo hizo Abrahán. Por tanto, si queréis matarme, es que hacéis las obras de otro padre.

– Judíos:
41b Dijéronle: “Nosotros no hemos nacido de fornicación. Un solo padre tenemos: Dios”.
Los judíos perciben lo que Jesús ha querido decirles al afirmar que tenían otro padre y replican que no son hijos de fornicación, esto es, hijos de dioses falsos, de otro dios, de ídolos paganos, sino que su único padre es Dios. El tema de Israel, hijo de Dios, corre a través del AT (Éx 4,22; Dt 32,6; Is 63,16; 64,7; Mal 2,10).

4. Cuarta interlocución (vv. 42-48)
– Jesús:
42 Díjoles Jesús: “Si Dios fuera vuestro padre, me amaríais, porque yo salí de Dios y (de él) vengo; porque no he venido de mí mismo, sino que él me envió.
43 ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis oír mi palabra.
44Vosotros tenéis por padre al diablo y queréis hacer los deseos de vuestro padre. Él fue homicida desde un principio y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando habla la mentira habla de lo suyo, porque es mentiroso y padre de la mentira.
45 Pero a mí, que digo la verdad, no me creéis. 46 ¿Quién de vosotros me acusa de pecado? Si digo verdad, ¿por qué no me creéis?
47 El que es de Dios oye las palabras de Dios. Por eso vosotros no oís, porque no sois de Dios”.
Jesús va al fondo de su pensamiento. Es imposible que Dios sea su padre. Si fueran hijos de Dios, amarían a Jesús, pues éste no se presenta por sí mismo, sino que es un Enviado de Dios y trae al mundo un mensaje divino (Jn 7,28; 13,3; 16,28; 17,8). Todas estas expresiones van encaminadas a preparar las mentes para la gran revelación, al final del diálogo (v. 58).

Los judíos no pueden “conocer” el lenguaje de Jesús porque no pueden oír su palabra, y la razón de esto es porque su padre es el diablo y pretenden seguir sus deseos. Los vv. 43-45 tienen como fondo de pensamiento los textos de Gn 3, donde aparece el demonio esencialmente “mentiroso” y causa de “la muerte” en el mundo.

Ahora bien, él es homicida desde el principio (Gn 3,4; 4,8; Sab 2,24) y no se mantuvo en la verdad porque no hay en él verdad (Gn 3,4; 1 Jn 3,8); cuando miente, habla de lo suyo, porque es mentiroso y padre de la mentira. La mentira es diametralmente opuesta a la verdad. Entre Jesús y el diablo la diferencia no puede ser más radical: Jesús dice la verdad; sin embargo, no le creen.

¿Quién de vosotros me acusa de pecado? Nadie podrá acusar a Jesús de pecado, pues el pecado es la mentira, y él no sólo dice la verdad, sino que es la Verdad misma (14,6). Sobre la impecabilidad de Jesús, ver los siguientes textos: 2 Cor 5,21; Heb 4,15; 1 Pe 2,22; 1 Jn 3,5.

Y termina Jesús su intervención diciendo: “El que es de Dios oye las palabras de Dios” (cf. Jn 18,37; 1 Jn 4,6). “Por eso vosotros no oís, porque no sois de Dios”.

Ante la terrible afirmación de Jesús, los judíos no tienen más argumentos y acuden a injurias personales.

– Judíos:
48 Respondieron los judíos y le dijeron: “¿No bien decimos nosotros que tú eres un samaritano y tienes un demonio?”.
Los judíos tachan a Jesús de samaritano; esto podría significar que lo tienen por heterodoxo en la fe o, sencillamente, que lo desprecian como a un espurio. Más aún, lo creen poseído por un demonio.

5. Quinta interlocución (vv. 49-53)
– Jesús:

49 Respondió Jesús: “Yo no tengo demonio, sino que honro a mi Padre, y vosotros me deshonráis.
50 Pero yo no busco mi gloria; hay quien la busca y juzga.
51 En verdad, en verdad os digo: Si alguno guarda mi palabra, no verá la muerte jamás”.
A la blasfemia de los judíos, Jesús responde con una nueva cumbre de pensamiento. Ante la injuria que pretenden hacerle llamándole samaritano, Jesús no se inquieta: ¿no había admitido a los samaritanos de buena voluntad (4,1-42)? Pero rechaza radicalmente la acusación de posesión diabólica. Lo que Jesús hace y dice no es propio de un endemoniado, sino muy al contrario: de uno que honra al Padre. Y los judíos, deshonrando al Hijo, en definitiva deshonran al Padre.

Jesús no busca su propia gloria (5,41; 7,18), sino que es el Padre quien protege la gloria de su Hijo (v. 54) y juzga a aquellos que lo rechazan (cf. 12,47-48; 16,8-11).

Y termina con una afirmación solemne: “En verdad, en verdad os digo: Si alguno guarda mi palabra, no verá la muerte jamás”. La aceptación y observancia de la palabra de Jesús produce en el creyente una vida que jamás tendrá fin (5,24; 6,51; 11,25s). El contraste entre Jesús y el demonio, entre los que creen en Jesús y los incrédulos judíos, es completo. El diablo es causa de muerte; Jesús comunica vida.

– Judíos:
52 Dijéronle los judíos: “Ahora conocemos que tienes un demonio. Abrahán murió, y también los profetas, y tú dices: ‘Si alguno guarda mi palabra, no gustará la muerte jamás’.
53 ¿Acaso tú eres mayor que nuestro padre Abrahán, que murió? ¡Y los profetas murieron...! ¿Quién te haces a ti mismo?”.
Se trata de una nueva incomprensión por parte de los judíos. No se sitúan en el nivel de Jesús, no captan la realidad espiritual, y arguyen partiendo de la muerte corporal: Abrahán y los profetas murieron: ¿eres acaso mayor que ellos?, ¿quién te crees?

La samaritana hacía una reflexión análoga: “¿Acaso tú eres más grande que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo? (4,12), pero, en tanto que ella preguntaba en un plano de duda o de amable ironía, los judíos formulan su cuestión con un aire de insulto intencionado. El “ver la muerte” del v. 51 se enfatiza con el “gustar la muerte”. Sin embargo, ambas expresiones indican fundamentalmente lo mismo: “tener experiencia de la muerte”, “sufrir la muerte”, “morir” (cf. Mc 9,1; Lc 9,27).

6. Sexta interlocución (vv. 54-57).
– Jesús:
54 Respondió Jesús: “Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria es nada. Es mi Padre quien me glorifica, de quien vosotros decís: es “‘nuestro Dios’.
55 Y no lo habéis conocido, pero yo lo conozco; y si dijera que no lo conozco, sería, igual que vosotros, mentiroso; pero lo conozco y guardo su palabra.
56 Abrahán, vuestro padre, se regocijó al ver mi día, y lo vio y se alegró”.
A la pregunta de los judíos, Jesús responde con dos confesiones de trascendencia: una respecto de quién es su Padre; otra sobre sus relaciones con Abrahán.

Respecto de su Padre, Jesús no se glorifica a sí mismo, sino que es su Padre quien le da gloria, y lo glorifica mediante los signos que realiza Jesús, que son obras del Padre (9,3).

¿Y quién es su Padre? Su Padre es aquel a quien los judíos reconocen como “su Dios”. Con estas palabras, Jesús afirma su filiación divina. Si Jesús es el propio Hijo de Dios, consiguientemente lo conoce y guarda su palabra. Los judíos, en cambio, no conocen a Dios (7,28-29). Si lo conocieran, conocerían y recibirían al Hijo (cf. Mt 11,27; Lc 10,22).

Cuando Jesús se refiere a Abrahán176, no lo llama “nuestro padre”, sino “vuestro padre”, colocándose a sí mismo por consiguiente en otro rango. Mientras los “judíos” se reclaman hijos de Abrahán (8,39.53), Jesús proclama como su Padre al Dios de Israel.

Y agrega: “Abrahán se regocijó al ver mi día”. Con esta frase, Jesús se aplica a sí mismo la noción profética de “el Día de Yahveh”, reservada a Dios. ¿Cómo y cuándo pudo ver Abrahán el día de Jesús y regocijarse de ello?

Cuando Dios anunció a Abrahán que tendría un hijo de Sara, su mujer, el anciano, “rostro en tierra, se puso a reír, diciéndose a sí mismo: Un hijo nacerá a un hombre de cien años, y Sara, que tiene noventa, va a dar a luz” (Gn 17,17). La risa de Abrahán expresa no tanto una incredulidad cuanto su admiración ante la enormidad de la promesa. Y el hijo prometido nació, y Abrahán le puso por nombre Yitsjáq” (“él ríe”) (Gn 21,3.6).

Pues bien, cuando Jesús afirma que Abrahán vio su día y se regocijó por ello, se propone, por el mismo hecho, como “el verdadero hijo de la promesa hecha al Patriarca, el descendiente por excelencia de Abrahán, la verdadera causa de su alegría, el Isaac espiritual. Hace recaer sobre su propia persona, como sobre su verdadera fuente, la alegría mesiánica exuberante de la fiesta de los tabernáculos”177.

– Judíos:
57 Dijéronle, pues, los judíos: “¡Todavía no tienes cincuenta años y has visto a Abrahán...!”.
Los judíos permanecen en un desnivel absoluto y su irrisión llega al culmen. Según Edwards, la cifra de cincuenta alude al período de años de un jubileo. Para Buchanan, los evangelistas estimaron la edad de Jesús según los requisitos para desempeñar un oficio público, es decir, al menos treinta años (Lc 3,23), pero menos de cincuenta (Jn 8,57).

7. Séptima interlocución (v. 58)
58 Díjoles Jesús: “¡En verdad, en verdad os digo: ¡Antes de que Abrahán fuera hecho, yo soy!”.
Jesús aprovecha la palabra de los judíos para afirmar con toda majestad su preexistencia eterna.

Hay una oposición absoluta entre el modo de ser de Abrahán y el modo de existir de Jesús. Abrahán “fue hecho”, “llegó a ser”; Jesús, en cambio, “es”. La expresión “yo soy” es un presente absoluto, atemporal, eterno, que sólo conviene a la divinidad, y es el nombre propio del Dios único y verdadero: “‘Ehyéh - Egó Eimí”. Atribuyéndose este nombre, Jesús manifiesta su carácter divino y se identifica de alguna manera con Yahveh.

Ante tan trascendental afirmación de Jesús,

59 Tomaron, pues, piedras para arrojarlas sobre él, pero Jesús se ocultó y salió del templo.
A lo largo de este diálogo, que fue una discusión cerrada, Jesús se fue presentando con muchos títulos que proclamaban muy alto su superioridad: superior no sólo a los judíos contemporáneos, no sólo a Moisés y a Isaac, sino superior al mismo Abrahán, padre del pueblo.

Más aún, Jesús quiso poner de manifiesto que él es como Yahveh. Él no sólo es Enviado de Dios (vv. 38-40.42); impecable en absoluto (v. 46); dador de inmortalidad (v. 51); glorificado por Dios (v. 54); objeto de las esperanzas de Abrahán (v. 56); Hijo del Dios de Israel (v. 54), sino que insinúa ser como el mismo Yahveh, pues toma para sí el augusto nombre de Dios, con el que se llamó a sí mismo al revelarse a Moisés: “Yo Soy” (Ehyéh).

Al atribuirse Jesús el modo divino de existencia, los judíos quisieron darle muerte como a un blasfemo (Lv 24,16), pero él desapareció y salió del templo. Esto quiere decir que Jesús es Señor de sí mismo y gobierna su propio destino: nadie puede poner las manos sobre él (18,6), porque todavía no ha llegado su hora. Y, cuando ésta llegue, él mismo se entregará voluntariamente, para cumplir el mandato que ha recibido de su Padre (14,30-31; 18,4-8.11).


Salvador Carrillo Alday, M.Sp.S. (2010). El Evangelio según San Juan. Navarra, España: Editorial Verbo Divino