LA BIBLIA CATÓLICA

EL MISTERIO DEL REINO DE LOS CIELOS. SECCIÓN NARRATIVA (MT 11,1–12,50).
(Primera Parte)
El título de esta cuarta parte del evangelio de Mateo brota de su contenido. En efecto, Juan Bautista (11,2-6), la generación presente (11,16-19), las ciudades de Galilea (11,20-24), los fariseos (12,1-14.24-32) y los escribas (12,38-42) se escandalizan de las palabras y obras de Jesús-Mesías o directamente las rechazan. A estos acontecimientos sigue el discurso en parábolas, en el que Jesús habla de los misterios del Reino de los Cielos no abiertamente, sino a base de imágenes y comparaciones (13,1-52).

INTRODUCCIÓN (11,1)
11,1 Y sucedió que, cuando acabó Jesús de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.
Este versículo sirve de transición entre las enseñanzas dadas a los apóstoles (10,1-42) y las reacciones de los judíos ante la presentación que Jesús ha hecho de sí mismo como Mesías en palabras y obras (cf. Mt 5-7; 8-9).

1. PREGUNTA DEL BAUTISTA Y TESTIMONIO DE JESÚS (11,2-19)
1. Pregunta de Juan Bautista (vv. 2-6)
2 Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: 3 “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”. 4 Jesús les respondió: “Id y contad a Juan lo que oís y veis: 5 los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva,
6 ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!”.
Juan, en la cárcel, es informado sobre la actividad profética y taumatúrgica que Jesús está realizando. Aquí aparece por primera vez en el evangelio de Mateo el título de “Cristo” dado a Jesús en su ministerio público. Este título es equivalente aquí a “Mesías”. Juan Bautista se extraña viendo a Jesús desarrollar un tipo de mesianismo muy diferente al mesianismo de purificación de fuego y de castigo para los malos que él esperaba (3,10-12). Jesús le responde aludiendo a oráculos del profeta Isaías 26,19; 28,18-19; 35,5-6; 42,18; 61,1. De esta forma, Jesús manifiesta a Juan que su mesianismo se caracteriza por la proclamación de la Buena Nueva a los pobres, enfermos, marginados y muertos espirituales, y termina con una bienaventuranza para el que no se escandalice de él.

2. Testimonio de Jesús acerca de Juan (vv. 7-15)
7 Cuando éstos se marchaban, se puso Jesús a hablar de Juan a la gente: “¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento?
8 ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido?
Mirad, los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes.
9 Entonces, ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta.
10 Éste es de quien está escrito: ‘He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará tu camino por delante de ti’.
11 En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él.
12 Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan.
13 Pues todos los profetas, lo mismo que la Ley, hasta Juan profetizaron.
14 Y si queréis admitirlo, él es Elías, el que iba a venir.
15 El que tenga oídos, que oiga”.
a) Juan es un profeta y más que un profeta, pues en él se realizan las profecías del Éxodo y de Malaquías. Él es el ángel que Dios envió delante de Israel para que lo guardara en el camino del desierto hasta llegar a la tierra prometida (Éx 23,20), y él es el mensajero mandado por Dios para allanarle el camino (Mal 3,1).

b) Él es el más grande entre los nacidos de mujer. A él le tocó anunciar y luego señalar quién era el Mesías (3,11; Jn 1,29-34), pero se quedó a la puerta de la proclamación del Reino. Entre él y los discípulos de Jesús hay una ruptura significativa a causa de una novedad radical.

c) Para Jesús, Juan el Bautista cumple la misión de Elías, que debía venir antes del Día de Yahveh, según Malaquías: “He aquí que yo os envío al profeta Elías antes de que llegue el Día de Yahveh, grande y terrible” (Mal 3,23). En este caso, el “Día de Yahveh” es el día en el que Dios hizo la manifestación de Jesús como el Mesías prometido (cf. Mt 3,17).

3. Jesús juzga a su generación (vv. 16-19)
16 ¿Pero con quién compararé a esta generación?
Se parece a los chiquillos que, sentados en las plazas, se gritan unos a otros diciendo:
17 “Os hemos tocado la flauta y no habéis bailado, os hemos entonado endechas y no os habéis lamentado”.
18 Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: “Demonio tiene”.
19 Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores”.
Y la Sabiduría se ha acreditado por sus obras.
Como niños enojadizos que rechazan todos los juegos que se les ofrecen (aquí los juegos de boda y de entierro), los judíos rechazan todas las insinuaciones de Dios, tanto la penitencia de Juan como la condescendencia de Jesús. Una y otra, sin embargo, se legitiman por las situaciones diferentes de Juan Bautista y de Jesús con relación a la era mesiánica. A pesar de la mala voluntad de los hombres, el sabio designio de Dios se realiza y se justifica a sí mismo por la conducta que inspira a Juan Bautista y a Jesús. Las obras de este último en particular, es decir, sus milagros (v. 2), son el testimonio que convence o condena.

2. ¡AY DE LAS CIUDADES IMPENITENTES! (11,20-24)
20 Entonces se puso a maldecir a las ciudades en las que se habían realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido:
21 ¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que en sayal y ceniza se habrían convertido.
22 Por eso os digo que el día del Juicio habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras.
23 Y tú, Cafarnaún, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Hades te hundirás! Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ti, aún subsistiría el día de hoy.
24 Por eso os digo que el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma que para ti.
Betsaida y Cafarnaún estaban a orillas del lago; Corazín, un poco al norte, sobre las colinas. Las tres han desaparecido hoy en día. Tiro y Sidón fueron condenadas por los profetas Isaías y Ezequiel (Is 23,1-8; Ez 26-28; cf. Jl 3,4-8; Am 9,1-10; Zac 9, 2-4). A Cafarnaún se le aplica el oráculo contra un tirano de Babilonia (Is 14,13.15). La historia de la destrucción de Sodoma se lee en Gn 19,24-28.

3. EL “HIMNO DE JÚBILO” (11,25-30)
La paternidad de Dios toca su punto culminante en el “Himno de júbilo” que se lee en Mt 11,25-30 y Lc 10,21-2276. Mateo ha colocado este himno de glorificación al Padre como contrapartida a las escenas de incredulidad que preceden en el evangelio (Mt 11,16-24).

En su redacción final es un himno sálmico que consta de tres estrofas: vv. 25-26, v. 27, vv. 28-30. Lucas revela que “en aquel momento, Jesús se llenó de gozo, en el Espíritu Santo” (Lc 10,21), y dijo:

Primera estrofa
25 Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes
y se las has revelado a los pequeños.
26 Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito.
El himno comienza con una “confesión” a Dios. La confesión es alabanza y glorificación. Jesús eleva su alma a Dios, su Padre (Abbá), para alabarlo, bendecirlo y darle gracias por sus altos designios. Él es el Señor de todo el universo: los cielos y la tierra le pertenecen por completo.

La alabanza de Jesús a su Padre no es tanto porque él haya ocultado cosas a los que se creen sabios e inteligentes, escribas y fariseos, cuanto porque ha revelado a los pequeños y sencillos los secretos del Reino: “A vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos... ¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen!” (Mt 13,11.16-17).

La revelación del Reino, que supera los niveles del conocimiento natural del hombre, es dada a los hombres sencillos como un don y un regalo. El Reino y su revelación son como un tesoro escondido que se descubre o como una perla de gran valor que se encuentra (Mt 13,44-46).

Con el enfático “sí, Padre”, Jesús reconoce que esta revelación a los pequeños responde a un beneplácito divino, a un decreto divino predeterminante.

Segunda estrofa
27 Todo me ha sido entregado por mi Padre,
y nadie conoce bien al Hijo, sino el Padre,
ni al Padre lo conoce bien nadie, sino el Hijo
y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Este pasaje, por su contenido doctrinal, ha sido llamado con razón un “logion juanino” dentro de los evangelios sinópticos. Es de una riqueza doctrinal de primer orden.

“Todo me ha sido entregado por mi Padre”. Esta frase hace pensar en Jesús como el rey mesiánico; más aún, el Hijo por excelencia, el Hijo de Dios, a quien el Padre le ha comunicado todo poder: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28,18; cf. Jn 3,35). Como trasfondo bíblico está la misteriosa figura del Hijo del hombre, que recibe de Dios “un imperio eterno que nunca pasará y un Reino que jamás será destruido” (Dn 7,13-14).

“Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre nadie lo conoce, sino el Hijo”. Entre las cosas que el Padre ha entregado al Hijo está, en primer término, un “conocimiento” mutuo, único y exclusivo que sólo pertenece como propio al Padre y al Hijo. Se trata de un “conocimiento profundo”, envuelto en amor, como lo expresa el verbo hebreo “conocer”. Esta igualdad en el conocimiento supone igualdad en la naturaleza. Jesús y el Padre aparecen en el mismo nivel de naturaleza, de naturaleza divina.

“Y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. Jesús es el único revelador del Padre, porque es el Hijo único que lo conoce de una manera inmediata y plena (Sab 9,17). La doctrina de Jesús revelador será característica del evangelio de Juan y recibirá en él un desarrollo particular (Jn 1,18; 3,11; 7,28; 8,18; 17,8).

En definitiva, “esta impresionante palabra de Jesús, que pertenece a una de las fuentes más antiguas de la tradición sinóptica, esclarece –de manera reveladora– la conciencia que Jesús posee de las relaciones absolutamente únicas que tiene con Dios. Él lo conoce de una manera tan inmediata y tan plena que les descubre todos sus secretos y hace de él el único intermediario por quien esos secretos pueden ser manifestados a los hombres”.

Jesús y la Sabiduría
Este pasaje evoca importantes textos de la literatura sapiencial sobre la Sabiduría divina.

Por tanto, como conclusión natural, la Sabiduría invita a que se acerquen a ella para gustar de sus frutos: “¡Venid a mí los que me deseáis y saciaos de mis frutos!” (Eclo 24,19). Sentarse en la escuela de la Sabiduría es un beneficio incomparable, pues ella otorga a los hombres reposo y consuelo, en espera de gozar de la inmortalidad que por ella se tendrá (Sab 8,9.13; Eclo 24; Bar 3,9-4,4).

San Pablo ha dado a Cristo el título de “Sabiduría de Dios”: “De él os viene que estéis en Cristo Jesús, al cual hizo Dios para nosotros Sabiduría de origen divino, justicia, santificación y redención” (1 Cor 1,30).

Tercera estrofa
28 Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados,
y yo os daré descanso.
29 Tomad sobre vosotros mi yugo
y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón,
y hallaréis descanso para vuestras almas.
30 Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.
“¡Venid a mí...!”. Jesús invita a ir a él, como la Sabiduría divina invitaba a los hombres a que se acercaran a ella para recibir sus enseñanzas (Prov 8,32-35; Eclo 24,19). El cansancio y la sobrecarga se refieren a la multitud de exigencias que los maestros de la Ley imponían a la gente.

“Tomad sobre vosotros mi yugo...”. Jesús, que conoce íntimamente los secretos del Padre y que es su Hijo enviado para revelar el misterio del Reino, invita ahora a los pequeños a que le sigan, a que tomen sobre sí el yugo suave y la carga ligera de su doctrina –la doctrina del Reino–, opuesta al yugo y a la carga de la Ley que defendían los fariseos.

“Aprended de mí...”. Así como la Sabiduría divina invitaba a sentarse en su escuela, así Jesús invita a los sencillos a que vengan a escucharle y a recibir descanso. La expresión “aprended de mí” no tiene solamente el significado de “escuchadme”, “atended a mis enseñanzas”, “hacedme caso”, sino todavía más: vivid y practicad, que “soy de corazón manso y humilde”.

Esta última expresión es propia de los anavim, los pobres, los sencillos, los humildes. Hay que comprender el calificativo de “pobres” en su sentido religioso, como lo hacen los profetas del destierro y los postexílicos. En los salmos, los anavim son los pobres, los humildes, los pacientes, los justos, los piadosos, los que temen a Yahveh, los menospreciados, y se oponen a los ricos, a los orgullosos, a los perversos, a los malos (cf. Is 11,4; Sof 3,12; Is 26,6; Sal 25,9.11; 34,3.19).

Jesús invita a que se adhieran con confianza a su mensaje, y la razón es convincente: él es de la misma categoría que los pobres y humildes. Al declararse “manso y humilde de corazón”, lo es ante todo delante de Dios y se manifiesta como el primero de los anavim.

“Y encontraréis descanso para vuestras almas”. Ir a Jesús, recibir su doctrina, seguir sus enseñanzas, es fuente de paz, de seguridad, de descanso espiritual.

“Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”. En estas últimas palabras, Jesús resume su pensamiento. La revelación del Reino –con todo lo que supone y exige–, el conocimiento íntimo del Padre y la doctrina que él enseña son, sin embargo, “un yugo suave y una carga ligera”.

Concluyendo, el “Himno de júbilo” es una de las perlas más valiosas de todo el evangelio. Difícilmente puede concebirse como una obra de la comunidad cristiana o de los redactores evangélicos, siendo, como es, una síntesis tan paradójica y tan profunda.

Este himno de bendición y de glorificación al Padre, Señor del cielo y de la tierra, debe ser una de las palabras más auténticas de Jesús, cuyo centro y culmen está en la revelación de la intimidad que existe entre el Padre y el Hijo, entre Dios y Jesús.


Salvador Carrillo Alday, M.Sp.S. (2010). El Evangelio según san Mateo. Navarra, España: Editorial Verbo Divino