LA BIBLIA CATÓLICA

SALMO 115 (113 B)
1 ¡No a nosotros, Yahveh, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria, por tu amor, por tu verdad!
2 ¿Por qué han de decir las gentes: "¿Dónde está su Dios?"
3 Nuestro Dios está en los cielos, todo cuanto le place lo realiza.
4 Plata y oro son sus ídolos, obra de mano de hombre.
5 Tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven,
6 tienen oídos y no oyen, tienen nariz y no huelen.
7 Tienen manos y no palpan, tienen pies y no caminan, ni un solo susurro en su garganta.
8 Como ellos serán los que los hacen, cuantos en ellos ponen su confianza.
9 Casa de Israel, confía en Yahveh, él, su auxilio y su escudo;
10 casa de Aarón, confía en Yahveh, él, su auxilio y su escudo;
11 los que teméis a Yahveh, confiad en Yahveh, él, su auxilio y su escudo.
12 Yahveh se acuerda de nosotros, él bendecirá, bendecirá a la casa de Israel, bendecirá a la casa de Aarón,
13 bendecirá a los que temen a Yahveh, a pequeños y grandes.
14 ¡Yahveh os acreciente a vosotros y a vuestros hijos!
15 ¡Benditos vosotros de Yahveh, que ha hecho los cielos y la tierra!
16 Los cielos, son los cielos de Yahveh, la tierra, se la ha dado a los hijos de Adán.
17 No alaban los muertos a Yahveh, ni ninguno de los que bajan al Silencio;
18 mas nosotros, los vivos, a Yahveh bendecimos, desde ahora y por siempre.
1. Tipo de salmo
Por los versículos 9-11, se le considera un salmo de confianza colectiva. El pueblo de Dios expresa su confianza en un momento crítico de su historia, el exilio en Babilonia.

2. Cómo está organizado
No tiene introducción ni conclusión. El cuerpo del salmo puede dividirse en cinco partes: 1; 2-8; 9-11; 12-15; 16-18. La primera (1) es una súplica colectiva. El pueblo le pide al Señor que dé gloria a su nombre, invocando las dos principales características del Dios de la Alianza: el amor y la fidelidad. ¿Cómo puede Dios dar gloria a su propio nombre? Liberando a los judíos de la esclavitud en Babilonia.

La segunda parte (2-8) presenta los motivos de la súplica. Si el Señor no presta atención a los clamores del pueblo, las naciones dirán que el Dios de Israel no existe (2) y que los dioses verdaderos son los de los babilonios. La respuesta de los judíos a esta posible afirmación de los habitantes de Babilonia no puede ser más clara: «Nuestro Dios está en el cielo, y hace todo lo que desea» (3). A continuación tenemos una dura crítica contra los ídolos de los opresores. Enseguida se nota la diferencia; mientras que el ser humano fue hecho a imagen y semejanza de Dios (Gén 1, 26), los opresores del pueblo han hecho, con sus manos, unos dioses cuya imagen es inferior que la de quien los hizo y con quien guardan poca semejanza, por mucho que estén hechos de oro y plata (4). Hay siete negaciones referidas a los ídolos: no hablan, no ven, no oyen, no huelen, no tocan, no andan, no tienen voz, a pesar de tener boca, ojos, oídos, nariz, pies y garganta (5-7). La conclusión es contundente: «¡Los que los hacen son como ellos, todos los que en ellos confían!» (8). Fabricar ídolos, del tipo que sea, rebaja al ser humano, pues, quien los construye, se postra ante algo o alguien que es inferior a él. Nos convertimos, en perjuicio nuestro, en su imagen y semejanza.

La tercera parte (9-11) se centra, en el tema de la confianza, en forma de oposición: los que oprimen al pueblo confían en los ídolos que ellos mismos fabrican; Israel, por el contrario, confía en el Señor, su auxilio y escudo. El pueblo de Dios aparece dividido en tres grupos: la casa de Israel, la casa de Aarón (los sacerdotes) y los que temen al Señor. Tres veces se dice que el Señor es auxilio y escudo de su pueblo.

La confianza da paso a la bendición. Es la cuarta parte (12-15). Un sacerdote (descendiente de Aarón) bendice a los tres grupos que representan al pueblo (la casa de Israel, la casa de Aarón y los que temen al Señor). La bendición, en la Biblia, tiene sabor de fecundidad. Este salmo le hace al pueblo soñar con el paraíso terrenal. Allí, después de dar vida a todas las cosas, el Creador del cielo y de la tierra bendijo al ser humano con la fecundidad (Gen 1, 28).

La última parte (16-18) desarrolla el tema de la obra de la creación de Dios: el mundo. El cielo pertenece a Dios, la tierra es entregada a los seres humanos y la región de los muertos (debajo de la tierra) es puro silencio, de ella no proviene ninguna alabanza a Dios. En la época en que se compone este salmo, todavía no se creía en la resurrección de los muertos. Podemos ver, aquí, cómo imaginaba el mundo el pueblo de la Biblia: el cielo, la tierra y la región por debajo de la tierra. Al pueblo que vive, le corresponde una misión insustituible: situado entre la región de los muertos (que está por debajo de la tierra) y la región de Dios (por encima de ella, en los cielos), ha de ser el depositario de una incesante alabanza de Dios.

3. ¿Por qué surgió este salmo?
Este salmo nació como expresión de confianza en pleno exilio de Babilonia. Hace una crítica devastadora de los ídolos y de las idolatrías que engendran la esclavitud y alienación del ser humano. Este salmo nació probablemente por iniciativa de algunos sacerdotes (cf las referencias a Aarón, padre del sacerdocio del Antiguo Testamento). Esta oración hace soñar con la recuperación de la tierra (16), perdida a causa del exilio. La situación del pueblo en esta circunstancia es clara: pérdida de libertad (esclavitud, 2), pérdida de la vida (sin tierra, 16), es un pueblo reducido (14-15) y tentado por la idolatría de los opresores (4-8).

4. El rostro de Dios
Este salmo enfrenta al Señor con los ídolos de los opresores. Él es el Creador, aquel en el que puede confiar el pueblo sin temor alguno, pues es su auxilio y escudo. Su nombre es «el Señor» -Yavé, en hebreo- (nótese la insistencia con que aparece este nombre), y la gloria de este nombre (1) se llama liberación. Así sucedió en tiempos de Egipto, cuando Dios se manifestó como aliado de los oprimidos. Se confía en que sucederá lo mismo ahora que el pueblo vive una nueva situación de esclavitud y opresión. Es el Dios de la fecundidad y de la vida (bendición y multiplicación del pueblo), el Dios que habita el cielo, pero que interviene en la historia junto a su pueblo, prometiendo y dando la tierra a su aliado. A este le corresponde confiar (9-11) y bendecir de manera incesante (18).

El nombre de Jesús significa «Dios salva». Él se presentó como el amor fiel del Padre (Jn 1, 17). Nunca decepcionó a cuantos depositaron en él su confianza. A semejanza del Señor, también Jesús trabaja constantemente, haciendo nuevamente la creación (Jn 5, 17). Su actividad supera la concepción que este salmo tiene a propósito de los muertos. De hecho, Jesús es la resurrección y la vida. Quien cree en él, aunque haya muerto, vivirá (Jn 11, 26).

5. Rezar este salmo
Por tratarse de un salmo de confianza colectiva, conviene rezarlo junto a otras personas o en comunión con ellas. El salmo mismo sugiere que hemos de rezarlo en situaciones de «exilio», de pérdida de la libertad y de los bienes que garantizan la vida; también cuando nos sentimos rodeados (y, tal vez, arrastrados) por ídolos e idolatrías de todo tipo; cuando necesitamos reforzar nuestra confianza en el Dios creador, aliado y liberador; en la lucha por la posesión de la tierra o de una vivienda digna; cuando tenemos la sensación de ser pocos o pequeños ante el desafío que supone convertir la tierra en un lugar de libertad y de vida para todos...

Otros salmos de confianza colectiva: 125; 129.


Bortolini Jose. (2002). Conocer y rezar los Salmos. MADRID: SAN PABLO.