Organización del libro de los Salmos.


Ya hemos dicho que los salmos fueron surgiendo poco a poco, de forma oral, a lo largo de un período de 600 años. A medida que se iban poniendo por escrito, se realizaban en ellos algunas adaptaciones. Antes de formar parte de lo que hoy conocemos como el Libro de los Salmos, muchas de estas oraciones pertenecieron a colecciones menores, como la colección de las oraciones de David que se menciona en 72, 20, la colección de Asaf (50; 73-83), la de los hijos de Coré (42-49; 84-85; 87-88), la de las subidas (120-134) o la de Hallel (105-107; 113-118; 135-136; 146-150).

Algunos estudiosos reunieron todas estas oraciones ya puestas por escrito y formaron el Libro de los Salmos. Sin lugar a duda, se compusieron y se pusieron por escrito muchos otros salmos. Sin embargo sólo estos 150 pasaron a formar parte del Salterio.

Estos estudiosos se tomaron la molestia de poner por orden los salmos. De este modo, el salmo 1 se colocó al inicio, pues funciona como la puerta de acceso de todo el Libro. Algo parecido sucede con el salmo 150: se encuentra al final por ser la llave de oro que cierra el volumen. De hecho, se trata de un solemne himno de alabanza, una especie de sinfonía orquestada de toda la creación. Antes de él, y preparando ya la gran conclusión, tenemos otros himnos de alabanza (145-149).

Para que se pareciera a la Torá o Pentateuco (los cinco primeros libros de la Biblia), estos estudiosos organizaron los salmos en cinco libros menores. Es lo que descubrimos al leer las doxologías (breves himnos de alabanza) que se añadieron a los salmos con que concluyen esos libros. De hecho, en 41,14 se dice: «¡Bendito el Señor, Dios de Israel, ahora y por siempre! ¡Amén, amén!». Este breve himno de alabanza cierra el primero de los cinco libritos, compuesto por los salmos 1-41. En 72,18-20 se lee: «¡Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque sólo él hace maravillas! ¡Bendito por siempre su nombre glorioso! ¡Que toda la tierra se llene de su gloria! ¡Amén! ¡Amén! (Fin de las oraciones de David, hijo de Jesé)». Aquí termina el segundo librito, compuesto por los salmos 42-72. El tercero comprende los salmos 73-89 y concluye con la doxología de 89, 53; «¡Bendito el Señor por siempre! ¡Amén! ¡Amén!». El cuarto librito está constituido por los salmos 90-106 y termina con estas palabras: «¡Bendito sea el Señor, Dios de Israel, desde ahora y por siempre! Y todo el pueblo diga: ¡Amén! ¡Aleluya!» (106, 48). Al último librito pertenecen los salmos restantes (107-150), el último de los cuales -el 150- funciona todo él como himno de alabanza.


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