LA BIBLIA CATÓLICA

SECCION NARRATIVA (19,1–23,39)
Esta última sección narrativa, antes del discurso escatológico, tiene una extensión considerable. A lo largo de cinco capítulos, el evangelista trata numerosos temas en los que emplea con mucha frecuencia el género literario del diálogo: enseñanzas, parábolas sobre el juicio, tercer anuncio de la pasión y de la resurrección, entrada mesiánica en Jerusalén, la expulsión de los vendedores del Templo y controversias con las autoridades.

INTRODUCCIÓN (19,1-2)
19,1 Y sucedió que, cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán.
2 Le siguió mucha gente, y los curó allí.
Jesús ha revelado su intención de fundar su Iglesia (16,18) y ha dado instrucciones sobre cómo conducirse en ella (18,1-35); ahora deja Galilea y, evitando el país de los samaritanos (10,5), va a Perea, al otro lado del Jordán, para dirigirse luego por Jericó a Jerusalén, donde se realizarán los anuncios de la muerte y resurrección del Hijo del hombre. Le sigue mucha gente, y enseña y cura a los enfermos (Mc 10,1). La predicación del Reino y la sanación de los enfermos sintetizan la actividad mesiánica de Jesús.

1. PREGUNTA SOBRE EL DIVORCIO
(19,3-9; MT 5,31-32; MC 10,1-12)
1. ¿Es lícito repudiar a la esposa? (v. 3)
3 Y se le acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, le dijeron: “¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?”.
Los fariseos se acercan a Jesús con la intención de ponerle a prueba y le plantean un asunto clásico de discusión rabínica: ¿qué motivos se requieren para repudiar a la propia esposa?

El derecho de divorcio había sido legislado por Moisés en Dt 24,1: “Si un hombre toma una mujer y se casa con ella, y resulta que esta mujer no halla gracia a sus ojos, porque descubre en ella algo que le desagrada, le redactará el acta de repudio, se lo pondrá en su mano y la despedirá de su casa”.

La expresión hebrea traducida por “algo que le desagrada” equivale a “algo vergonzoso” o “algo indecente”, y daba lugar a diversas interpretaciones, según la estrechez o laxitud de las escuelas.

La escuela de Shammai interpretaba estrictamente: se permite el divorcio sólo en caso de infidelidad de la esposa, esto es, en caso de adulterio. La escuela de Hillel interpretaba el texto de manera más amplia: se puede despedir a la mujer por cualquier motivo; por ejemplo, por haber dejado quemar la comida. Josefo repudió a su esposa, madre de tres hijos, porque sus costumbres no le agradaban. Rabbí Aqiba († 135) decía que bastaba que al hombre le pareciera más hermosa otra mujer para poder darle a su esposa el libelo de repudio.

Este fondo de polémica explica la frase de Mateo: “por un motivo cualquiera”. Se dice que la escuela de Shammai representaba la enseñanza oficial de la sinagoga, pero, en la práctica, se solucionaban las querellas según la doctrina de Hillel. La tentación o prueba era inducir a Jesús en sus problemas. Por la forma de la pregunta, parece que son discípulos de Shammai quienes interrogan a Jesús.

2. Respuesta de Jesús (vv. 4-6)
Sin optar por ningún partido, Jesús se remonta a los principios de la humanidad:

4 Él respondió: “¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra
5 y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne?
6 De manera que ya no son dos, sino una sola carne.
Pues bien, lo que Dios unió que no lo separe el hombre”.
Jesús responde aludiendo a dos textos de la Escritura, y deduce luego una conclusión. Refiriéndose primero a Génesis 1,27, Jesús considera que el repudio es contrario a la intención de Dios cuando creó al hombre y a la mujer. Los creó para unirlos indisolublemente, permaneciendo siempre en una concordia estable de complementariedad. Enseguida, cita otro testimonio del mismo libro (Gn 2,24). Según el contexto del relato de Gn 2,18-24, la mujer fue formada por Dios del varón. Éste, al verla, exclamó: “Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Ésta será llamada ‘varona’, porque del varón ha sido tomada” (v. 23). Por esa razón, el autor concluye: “Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne” (v. 24). La unión matrimonial, natural, santa y una, es querida por Dios Creador.

Después de las dos citas fundamentales del Génesis, Jesús comenta: “De manera que ya no son dos, sino una sola carne”, y concluye: “Pues bien, lo que Dios unió que no lo separe el hombre”. Esta palabra es la afirmación categórica de la indisolubilidad del vínculo matrimonial. El varón y la mujer, en el matrimonio, son uno, y para que se obrara esta unidad Dios ha estado presente y ha intervenido con su acción. En consecuencia, el hombre no debe deshacer la obra de Dios.

3. Objeción de los fariseos (v. 7)
7 Dícenle: “Pues ¿por qué Moisés prescribió dar acta de divorcio y repudiarla?”.
Los fariseos discípulos de Shammai dejan a un lado sus argumentos y acuden a amparar su posición en Moisés. La objeción contra la posición de Jesús no podía ser mayor.

El repudio judío era un verdadero divorcio y concedía a la mujer la facultad de volverse a casar. Y lo mismo ocurría con el hombre. Los doctores de la Ley tal vez nunca pensaron que esa práctica era sólo una concesión y que no concordaba con la institución primera del Génesis. En todo caso, los rabinos consideraban esta libertad como una concesión dada por Moisés únicamente para el pueblo elegido.

Rabbí Yohanán de Séforis (año 300) decía en nombre de rabbí Samuel bar Nahmán (año 260), a propósito de Mal 2,16: “Yo odio el repudio, dice Yahveh, el Dios de Israel. Yo he establecido el divorcio para Israel, pero no para el pueblo del mundo”. Ésta era una interpretación voluntariosa del texto de Malaquías, que nada dice de lo que piensa rabbí Samuel.

4. Respuesta de Jesús (vv. 8-9)
8 Díceles: “Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres, pero al principio no fue así.
9 Ahora bien, os digo que quien repudie a su mujer –no por fornicación– y se case con otra, comete adulterio”.
Jesús supera la objeción con toda autoridad. Ciertamente, Moisés había permitido esta concesión, a manera de condescendencia con los israelitas, pero sin abrogar el principio primitivo dado por Dios. La concesión tenía como base la “dureza de corazón” de la gente, pero al principio no fue así. El argumento “del principio” es repetido al cerrar la discusión, a manera de inclusión semítica que reafirma y sella la primera proposición (vv. 4.8).

Y Jesús concluye: “Ahora bien, os digo que quien repudie a su mujer –no por fornicación– y se case con otra, comete adulterio”. El texto de Marcos se refiere explícitamente tanto al hombre como a la mujer: “Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla, y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio” (Mc 10,11-12). La cláusula de excepción “no por fornicación” no se lee en el texto paralelo de Marcos.

El texto de Mt 19,9 tiene su paralelo en 5,32, y allí hemos dado la interpretación que parece más coherente con el pensamiento de Jesús y con la práctica del matrimonio en tiempos del evangelista.

2. LA CONTINENCIA VOLUNTARIA
(19,10-12)
10 Dícenle sus discípulos: “Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse”.
11 Pero él les dijo: “No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido.
12 Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que fueron hechos tales por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda”.
La consternación de los discípulos ante la severidad de Jesús indica que tienen conciencia de que él quiere implantar una ley mucho más austera: el matrimonio es indisoluble. De ahí la reflexión: si ésa es la condición del hombre con la mujer, es preferible no casarse.

Sin aprobar la reacción de los discípulos, y manteniendo en absoluto la indisolubilidad matrimonial como institución divina, Jesús aprovecha la ocasión para dar una enseñanza nueva y misteriosa sobre la continencia voluntaria y consagrada, que declara incomprensible si no es por un don de Dios: “No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido”. Tras el verbo impersonal, se percibe el sujeto que regala el don: Dios es quien da la gracia de permanecer célibe. Y la finalidad de esa elección de vida es “por el Reino de los Cielos”. Con esta doctrina, de ninguna manera Jesús critica el matrimonio, sino que alude a una excepción escatológica no obligatoria. Por lo demás, tanto el matrimonio como el celibato imponen exigencias que el mundo considera como imposibles.

La palabra sobre los eunucos considera tres casos: los físicamente mal formados, los castrados por la crueldad del hombre y los metafóricamente tales porque voluntariamente renuncian al matrimonio para dedicarse con mayor empeño a las urgentes demandas del Reino de los Cielos (cf. 1 Cor 7,32-35).

3. JESÚS Y LOS NIÑOS
(19,13-15; MC 10,13-16; LC 18,15-17)
13 Entonces le presentaron unos niños para que les impusiera las manos y orase, pero los discípulos les reñían.
14 Mas Jesús les dijo: “Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos”.
15 Y, después de imponerles las manos, se fue de allí.
Le presentaron unos niños para que les impusiera las manos y orase por ellos. La imposición de manos tiene aquí un significado diferente a la imposición de manos para curación. Este texto manifiesta el interés y el amor de Jesús por los niños, lo cual no era común entre los maestros y filósofos de su tiempo.

Como en 18,1-5, el niño es puesto como ejemplo de sencillez, humildad y dependencia de sus padres. El discípulo de Jesús debe ir a él con ánimo humilde y depender dócilmente de sus enseñanzas. Estas condiciones le permitirán poseer el Reino de los Cielos. Esta conducta de Jesús sirvió a la Iglesia antigua para permitir el bautismo de los niños.

4. EL JOVEN RICO
(19,16-30; MC 10,17-31; LC 18,18-30)
1. El joven (vv. 16-22)
16 En esto se le acercó uno y le dijo: “Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?”.
17 Él le dijo: “¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”.
18 “¿Cuáles?”, le dice él.
Y Jesús dijo: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio,
19 honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
20 Dícele el joven: “Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?”.
21 Jesús le dijo: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego, sígueme”.
22 Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.
Un joven (v. 22) se acercó a Jesús-Maestro preguntándole qué debía hacer de bueno para conseguir la vida eterna. “La vida eterna” equivale a entrar en el Reino de los Cielos y a salvarse (vv. 17.21.23.24.25.29), y tanto la “vida eterna” como el “Reino” y la salvación tienen su comienzo en esta vida terrena, pero su perfección y culminación será en la vida futura (25.28.29).

Jesús orienta la atención del joven hacia la “bondad” diciéndole que si se trata real y profundamente de la Bondad, uno solo es el Bueno, Dios. Por otra parte, él ha dado ya sus normas acerca de lo bueno: los mandamientos.

A la pregunta del joven sobre cuáles son los mandamientos, Jesús responde mencionando cinco preceptos del Decálogo, poniendo en primer término el de “no matarás” (Éx 20,13-16; Dt 5,17-20), y les añade el amor al prójimo como a sí mismo, tomado de Lv 19,18.

El joven dice haber observado esos mandamientos; sin embargo, siente que algo le falta. Entonces Jesús le dice: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego, sígueme”. Hay que entender bien la expresión “ser perfecto”. Jesús no instituye una categoría de “perfectos”, superiores a otros cristianos. “Perfecto” quiere decir completo, maduro, y a esta perfección, semejante a la perfección del Padre celestial, son llamados todos los discípulos de Jesús (5,48).

Pero si se quiere ir hasta el fin y seguir de cerca a Jesús y estar disponible para la evangelización del Reino, hay otro camino: el de la renuncia a los bienes de la tierra y a la familia (19,12.21). Todos están obligados a cumplir los mandamientos del Decálogo, pero no todos están obligados a vender todos sus bienes y seguir a Jesús en una vida de celibato, renunciando a una familia.

Jesús invita al joven a que venda lo que tiene y se lo dé a los pobres y, luego, a que le siga. Dando lo que tiene, no lo pierde, sino que adquiere con ello un tesoro en los cielos (Mt 6,20). El desenlace fue lastimoso, pues, al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.

2. Peligro de las riquezas (vv. 23-26)
23 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: “Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos.
24 Os lo repito: es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los Cielos”.
25 Al oír esto, los discípulos, llenos de asombro, decían: “Entonces, ¿quién se podrá salvar?”.
26 Jesús, mirándolos fijamente, dijo:
“Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible”.

“Un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos”. Con esta palabra, Jesús advierte de que las riquezas pueden ser espiritualmente peligrosas, pues con frecuencia se adquieren mediante injusticias, corrupción y explotación, y, una vez conseguidas, pueden esclavizar el espíritu y el corazón y distraer al hombre de su relación con Dios y de su deber con sus prójimos. Por otra parte, con las riquezas también se puede hacer mucho bien.

El camello y el ojo de una aguja son una exageración típicamente oriental para describir una dificultad al parecer insuperable. Nuevamente, la severidad de la exigencia escatológica crea la consternación en los discípulos: “Entonces, ¿quién podrá salvarse?”. La riqueza era comúnmente considerada como una bendición especial de Dios.

“Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible” (Gn 18,14; Job 42,2; Jr 32,17; Lc 1,37). La salvación es, en definitiva, obra de Dios, sea para quien sea. Dios llama a todos los hombres a la salvación (1 Tim 2,3), y con el auxilio de Dios y la conversión, el rico, como todos los demás, puede entrar en el Reino de los Cielos y salvarse.

3. Recompensa prometida al desprendimiento (vv. 27-30)
27 Entonces Pedro, tomando la palabra, le dijo: “Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos, pues?”.
28 Jesús les dijo: “Yo os aseguro que vosotros, que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.
29 Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o campos por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna”.
30 “Pero muchos primeros serán últimos, y muchos últimos, primeros”.
A la intervención de Pedro, Jesús responde con una palabra para los Doce (v. 28), y otra para los discípulos que lo dejen todo por el nombre de Jesús (v. 29).

“En la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria”. La escena es de tipo escatológico-apocalíptico, esto es, al final de los tiempos (25,31; Ap 21,1-22,5). “La regeneración o nuevo nacimiento” es la vida futura, el Reino de los Cielos en su fase definitiva, que tendrá lugar cuando termine la economía presente y se establezca la total recreación del cosmos.

“Os sentaréis también vosotros en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel”. “Juzgar” significa hacer juicio o más ampliamente “gobernar”. Jesús compartirá su gobierno con los Doce. La mención de las doce tribus de Israel recuerda que Jesús ha venido en favor de las ovejas perdidas de la casa de Israel (10,6; 15,24); esto, por otra parte, no contradice la futura predicación del Evangelio a todas las naciones (28,19).

“Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o campos por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna”. Con esta palabra, Jesús promete una recompensa especial a la generosidad de haberlo dejado todo por su nombre, y luego la herencia común: la vida eterna. Pablo extiende la promesa de “gobierno” a todos los fieles: “¿No sabéis que los santos han de juzgar al mundo?” (1 Cor 6,2).

“Muchos primeros serán últimos; y muchos últimos, primeros”. La recompensa final tiene el mismo carácter paradójico: no será concedida a los primeros y a los poderosos de este mundo, sino a los últimos que han dejado todo por el nombre de Jesús.


Salvador Carrillo Alday, M.Sp.S. (2010). El Evangelio según san Mateo. Navarra, España: Editorial Verbo Divino