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LIBRO:

Mateo 17,14-21. EL ENDEMONIADO EPILÉPTICO



EL ENDEMONIADO EPILÉPTICO (17,14-21; MC 9,14-29; LC 9,37-42)

14 Cuando llegaron donde la gente, se acercó a él un hombre que, arrodillándose ante él,

15 le dijo: “Señor, ten piedad de mi hijo, porque es lunático y sufre mucho, pues muchas veces cae en el fuego y muchas en el agua.

16 Se lo he presentado a tus discípulos, pero ellos no han podido curarle”.

17 Jesús respondió: “¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo acá!”.

18 Jesús le increpó y el demonio salió de él, y el niño quedó sano desde aquel momento.

19 Entonces los discípulos se acercaron a Jesús, en privado, y le dijeron: “¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?

20 Díceles: “Por vuestra poca fe. Porque yo os aseguro: si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: ‘Desplázate de aquí allá’, y se desplazará, y nada os será imposible”.

[21 A esta clase sólo se le expulsa con la oración y el ayuno].

Los protagonistas de esta escena son Jesús y el padre del niño, si bien el hijo será el beneficiado principal de la poderosa intervención del Señor. El carácter mismo de la narración revela que este exorcismo fue un acontecimiento real en la vida de Jesús, ya que ha sido conservado en varias tradiciones, y difícilmente se podría haber inventado una historia tan desfavorable para los discípulos. El caso manifiesta el extraordinario poder de Dios en Jesús.

Jesús ha bajado del monte alto. Al llegar, se encuentra con la gente y con el padre de un niño lunático a quien los discípulos no han podido curar. Se trata de una antigua descripción de la epilepsia, desorden nervioso que causa violentas convulsiones. El padre del enfermo se prosterna ante Jesús, el Señor, e intercede por su hijo. Es señal de que tiene fe en Jesús. El caso es lamentable: acosado por convulsiones, endemoniado, lunático, a merced de la luna, del fuego y del agua, está en peligro de quedar muerto en cualquier momento.

Jesús respondió: “¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo acá!”.

Este apóstrofe duro (Dt 32,5.20), dirigido en general a todos los incrédulos, engloba también a los discípulos, cuya fe todavía es raquítica, débil e inmadura: aún no han llegado a una fe plena. Sin embargo, más que reproche, la palabra del Maestro es una invitación a crecer en la fe, a creer más fuertemente.

Economizando detalles, Mateo va a lo esencial: Jesús increpó al demonio, éste salió del niño y el enfermo quedó sano desde aquel momento. Sólo bastó una palabra soberana de Jesús para echar fuera al demonio y restituir la salud al niño. El Reinado de Dios avanza, mientras que el reino de Satanás es desplazado.

Cuando todo hubo terminado, los discípulos se acercaron a Jesús, en privado, y le preguntaron por qué no habían podido ellos expulsar a aquel demonio. Jesús respondió: “Por vuestra poca fe. Porque yo os aseguro: si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: ‘Desplázate de aquí allá’, y se desplazará, y nada os será imposible”. Algunos manuscritos añaden en este sitio una palabra consignada en parte en el evangelio de Marcos: “Esta clase no sale sino con oración y ayuno” (Mc 9,29).

La enseñanza de Jesús es una catequesis sobre la fe y una invitación a crecer en ella. ¡Ojalá los discípulos tuvieran una fe fuerte y vigorosa, así fuera tan pequeña como pequeñito es un grano de mostaza! La fe no admite condiciones. Es adhesión plena a Jesús y obra prodigios. Es la fe que necesitarán más tarde los apóstoles y los evangelizadores de todos los tiempos para ir por el mundo a sembrar el Evangelio. Con ella, “nada les será imposible”.

Pero a propósito de la fe, es útil hacer una distinción. Una es la “fe teologal”, por la que el hombre se salva (creer en Dios y en su misterio de salvación en Cristo: Hch 16,31; Rom 1,16-17; Ef 2,8), y otra es la “fe carismática”, don del Espíritu Santo para la edificación de la Iglesia, que obra milagros pero que no es concedido a todos (1 Cor 12,9; Hch 14,9). Esto puede explicar también que no necesariamente es por falta de fe cuando no se alcanza lo que se pide. Sin embargo, Jesús, con sus palabras, invita a pedir esa fe carismática que acompaña a la evangelización (Mc 16,15-20).

Enclavado en ese repetido contexto de revelación acerca de la misión dolorosa y gloriosa del Hijo del hombre a la que son invitados sus discípulos, pero que sólo puede aceptarse y comprenderse en la fe y con la fe, se presenta el caso del padre angustiado por su hijo enfermo y endemoniado. Este episodio, si bien es una impactante sanación, es ante todo una sólida catequesis y una fuerte exhortación a la fe. Solamente con fe se podrá aceptar el misterio al que Jesús se va a enfrentar dentro de poco tiempo: su muerte y su resurrección.