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Sobre la Biblia

¿Que son los Salmos?



Los salmos, por tanto, nacieron para ser cantados.
El término «salmo» proviene del griego. Significa «oración cantada y acompañada por instrumentos musicales». Son un total de 150 y forman el libro más extenso de la Biblia, llamado «Libro de los Salmos» (en hebreo, el Libro de los Salmos recibe el nombre de Tehillim, es decir, alabanzas). Algunos salmos incluyen indicaciones acerca de cómo se cantaban algún tiempo después de que surgieran. Por ejemplo, el salmo 12 (11),1, dice: «Del Maestro de coro. Para instrumentos de ocho cuerdas. Salmo. De David». Se entiende fácilmente que eran cantados. Basta mirar las indicaciones de algunos de ellos. Por ejemplo, en el salmo 22 (21),1, leemos: «Del maestro de coro. Según "la cierva de la aurora". Salmo. De David». Esto significa que, cuando se escribió, este salmo se cantaba con la melodía de una canción conocida como «La cierva de la aurora».

Los salmos, por tanto, nacieron para ser cantados. Esto no quiere decir que no podamos rezarlos, sino que el mejor modo de rezarlos es cantándolos.

Se trata de la colección de oraciones más rica que conoce la humanidad. A pesar de ser muy antiguos, los salmos son eternamente jóvenes, capaces de hablar al alma de los hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares. Por eso podemos considerarlos como el espejo en el que nos vemos reflejados, el espejo en el que nos movemos y existimos. Hablan de manera tan extraordinaria de nuestra vida, de nuestras alegrías y esperanzas, nuestros dolores y conflictos, que parecen escritos en nuestros días y para nuestro presente caminar.

Los salmos surgieron en un contexto judío y son fruto de la espiritualidad judía. Su lengua original es el hebreo. Pero inmediatamente se convirtieron en patrimonio de todos cuantos creen en la vida y en la justicia,independientemente de la raza a que pertenezcan. De ahí que, hoy en día, estén traducidos a casi todas las lenguas que conoce la humanidad.

Los salmos son poesía y también hay que apreciarlos como tal. Algunos son auténticas obras de arte poética. Sin embargo, los que se detienen solamente en su forma poética se encuentran lejos de saborear su contenido. Es como si alguien, al recibir un regalo, se contentara con valorar el envoltorio.

Jesús, sin duda, rezó los salmos. Todo niño judío aprendía de memoria, desde muy pronto, estas oraciones que eran lo más preciado del tesoro espiritual del pueblo de Dios. De hecho, desde pequeño, Jesús habría tenido que aprender a leer y escribir; habría estudiado la historia y las tradiciones de su pueblo y aprendido a rezar con los salmos. En los evangelios podemos encontrar diversos pasajes en los que Jesús cita algún salmo (véase, entre otros, Mc 12,36; Mt 27, 46; Lc 23,46).

Los primeros cristianos apreciaban enormemente el Libro de los Salmos. De hecho, junto con Isaías y el Deuteronomio, este libro se encuentra entre los más citados del Nuevo Testamento. Con el paso del tiempo, las comunidades cristianas convirtieron este libro en su libro preferido de oraciones. El canto gregoriano inmortalizó la alabanza a Dios por medio de los salmos y, hoy en día, las comunidades cristianas descubren nuevamente, una y otra vez, el agua viva que brota de esta fuente inagotable. Esto explica que, por todas partes, surjan grupos que se reúnen para conocer mejor los salmos, con la intención de poderlos rezar de un modo cada vez más adecuado.

La Liturgia recurre sin cesar a los salmos, tanto en la celebración de la Eucaristía, como en la Liturgia de las Horas. Por desgracia, en muchas ocasiones se concede escasa importancia al salmo responsorial después de la primera lectura de la misa. En otras, -lo que viene a ser peor-, este salmo es sustituido por cualquier otro canto.


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